MATRIMONIO. Fidelidad, Castidad
Matrimonio,
Fidelidad y Castidad: Un Recorrido Bíblico, Patrístico y Catequético hasta la
Actualidad
Resumen
El matrimonio ha sido desde la antigüedad una
institución sagrada que refleja la alianza entre Dios y su pueblo. Este
artículo analiza la fidelidad, la lujuria, la castidad y la comunión en las
decisiones de pareja desde el Antiguo Testamento hasta la actualidad. Se
presentan fundamentos bíblicos, aportes de santos y concilios, y se vincula con
la pedagogía catecumenal del Camino Neocatecumenal, fundado por Kiko Argüello,
que retoma la visión sacramental del matrimonio en clave de discipulado y
misión.
1. Introducción
El matrimonio, como unión entre un hombre y una
mujer, constituye uno de los pilares antropológicos y teológicos de la
humanidad. La Escritura, los Padres de la Iglesia y la enseñanza magisterial
han defendido el valor de la fidelidad, la vivencia de la castidad y la
comunión en las decisiones como dimensiones esenciales del amor conyugal. En la
actualidad, el itinerario neocatecumenal de Kiko Argüello ofrece una pedagogía
que recupera estos valores en clave kerigmática y comunitaria.
2. Fundamentos
bíblicos del matrimonio
2.1. Antiguo
Testamento
El matrimonio en Israel se concibe como alianza y bendición divina. En Génesis
2,24 se afirma: “Por eso deja el hombre a su padre y a su
madre, se une a su mujer y los dos se hacen una sola carne”.[1] Este versículo revela la
dimensión de unidad y comunión que trasciende lo meramente contractual.
La fidelidad es una exigencia reflejada en la alianza de Dios con Israel: “Yo
te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Oseas
2,22). La infidelidad conyugal es condenada como ruptura de la alianza (cf. Ex
20,14).
2.2. Nuevo
Testamento
Cristo eleva el matrimonio a sacramento. En Mateo 19,6
proclama: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. San
Pablo,[2] en Efesios 5,25,[3] lo presenta como icono del
amor de Cristo por la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como
Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella”.
La castidad conyugal aparece como virtud que ordena la sexualidad al amor verdadero
(cf. 1 Tes 4,3-5).
3. Fidelidad,
lujuria y castidad en la tradición de la Iglesia
3.1. Padres y
santos
San Agustín en De bono coniugali resalta los tres bienes del
matrimonio: fidelidad, prole y sacramento. La lujuria, por el contrario, es
vista como desorden del deseo que rompe la unidad del amor.
Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II,
q.151-153) distingue la castidad como virtud que regula la concupiscencia,
elevando la sexualidad a caridad y comunión.
3.2. Concilios
·
Concilio de Trento (1547)
reafirmó la sacramentalidad del matrimonio y la indisolubilidad contra las
reformas protestantes.
·
Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes,
48-52) describe el matrimonio como “íntima comunidad de vida y amor
conyugal” en la que los esposos cooperan con Dios en la transmisión
de la vida y en la mutua santificación.
4. Comunión en
las decisiones de pareja
La tradición cristiana subraya la corresponsabilidad entre los esposos. Gaudium
et Spes 50 enseña que los cónyuges deben discernir en comunión y oración
la apertura a la vida. San Juan Pablo II, en Familiaris Consortio
(1981), reafirma la necesidad de una espiritualidad conyugal basada en el
diálogo, la oración común y el respeto mutuo.
5. El Camino
Neocatecumenal y la pedagogía del matrimonio
Kiko Argüello y Carmen Hernández, en el itinerario neocatecumenal, retoman
la dimensión kerigmática y comunitaria del matrimonio. La catequesis resalta
que la fidelidad es fruto del Espíritu y no solo de la voluntad humana. En
palabras de Argüello: “El matrimonio cristiano es un signo
visible del amor gratuito de Dios que perdona y restaura”
(Catequesis iniciales).
La praxis del Camino impulsa a los esposos a vivir la castidad en el noviazgo,
la apertura a la vida y la comunión en las decisiones familiares bajo la luz de
la Palabra, celebrada en comunidad.
6. Actualidad y
desafíos
Hoy el matrimonio enfrenta crisis por el relativismo moral y la banalización
de la sexualidad. La lujuria, promovida por la cultura de consumo, desfigura el
sentido unitivo y procreador. Frente a ello, la Iglesia propone la castidad
como camino de libertad y amor auténtico. El testimonio de comunidades
neocatecumenales evidencia matrimonios abiertos a la vida, dispuestos a la
misión, que encarnan la pedagogía catecumenal en fidelidad a la tradición
bíblica y eclesial.
7. Conclusión
Desde el Antiguo Testamento hasta la pedagogía de Kiko Argüello, el
matrimonio se entiende como alianza de fidelidad y amor. La castidad y la
comunión en las decisiones constituyen pilares para superar la lujuria y vivir
el sacramento como signo de Cristo Esposo. Este recorrido muestra la coherencia
entre Escritura, tradición y actualidad, proponiendo al matrimonio cristiano
como respuesta a la crisis de valores de nuestro tiempo.
Referencias
·
Biblia de Jerusalén (2009). Desclée de Brouwer.
·
Agustín de Hipona. De bono coniugali.
·
Tomás de Aquino. Suma Teológica,
II-II, q.151-153.
·
Concilio de Trento. Decretum de sacramento
matrimonii, 1547.
·
Concilio Vaticano II. Gaudium
et Spes.
·
Juan Pablo II. Familiaris Consortio.
Vaticano, 1981.
·
Argüello, K. & Hernández, C. Catequesis
iniciales del Camino Neocatecumenal.
·
Benedicto XVI. Deus Caritas Est.
Vaticano, 2005.
El matrimonio en
la Iglesia primitiva: conceptos, vida, costumbres y rituales
1. Concepto del
matrimonio en los primeros siglos
En los tres primeros siglos, la Iglesia primitiva entendía el matrimonio no
solamente como un contrato social, sino como un don de Dios y un signo
de la unión de Cristo con la Iglesia. Aunque todavía no existía una
teología sacramental plenamente desarrollada (como después en el Concilio de
Trento), se reconocía que el matrimonio tenía un carácter sagrado y
eclesial.
·
Ignacio de Antioquía (siglo I-II)
afirma: “Conviene que los hombres y las mujeres que quieran casarse lo
hagan con el consentimiento del obispo, para que el matrimonio sea conforme al
Señor y no según la concupiscencia” (Carta a Policarpo, 5,2).
·
Tertuliano (siglo II-III)
define el matrimonio cristiano como bendecido por Dios: “¡Qué hermoso es el
matrimonio de dos creyentes, unidos en una sola esperanza, en un mismo deseo,
en una misma disciplina, en un mismo servicio! Son verdaderamente dos en una
sola carne” (Ad uxorem, II,9).
·
San Juan Crisóstomo (siglo IV)
lo llama “pequeña iglesia doméstica” y exhorta: “Haced de vuestra casa una
Iglesia; que haya en ella un lugar para la oración, que las Escrituras resuenen
continuamente en vuestros labios” (Homilía sobre Efesios 20).
👉 Idea central: el
matrimonio no era visto como mera unión legal, sino como vocación de
santidad, comunión y testimonio comunitario.
2. Vida y
costumbres matrimoniales en la Iglesia primitiva
1. Monogamia
como norma: Frente a la poligamia tolerada en algunos contextos
paganos y judaicos, la Iglesia primitiva defendió la unión entre un solo hombre
y una sola mujer, en fidelidad a Génesis 2,24.
2. Fidelidad
absoluta: La infidelidad era considerada una ruptura no solo con la
pareja, sino también con Cristo y con la comunidad.
3. Castidad
conyugal: La sexualidad se entendía como expresión de amor, pero
ordenada y purificada. La procreación era vista como bendición, pero también se
subrayaba el valor espiritual del dominio de sí.
4. Comunión
espiritual: Los matrimonios cristianos solían rezar juntos, compartir
la lectura de la Palabra y practicar obras de misericordia.
3. Rituales
matrimoniales
Aunque en los primeros siglos el matrimonio cristiano no tenía todavía una liturgia
universal establecida, sí existían prácticas comunes:
·
Bendición nupcial: ya en el
siglo III, los obispos o presbíteros imponían las manos y oraban sobre los
esposos pidiendo la gracia de Dios para su fidelidad.
·
Celebración en la comunidad: El
matrimonio se realizaba en presencia de la comunidad cristiana y bajo la
aprobación del obispo, subrayando que era un vínculo eclesial, no solo privado.
·
Eucaristía: En algunos
contextos, los esposos participaban juntos en la Eucaristía inmediatamente
después de su unión, como signo de la comunión con Cristo.
·
Costumbres simbólicas: el
intercambio de anillos aparece en la tradición romana y fue adoptado por los
cristianos como signo de fidelidad. También existía la “velación nupcial”
(imposición de un velo sobre los esposos durante la bendición).
👉 Estos rituales fueron configurando
progresivamente la liturgia sacramental del matrimonio,
reconocida oficialmente siglos más tarde.
4. Vida de los
matrimonios santos en la tradición primitiva
·
Priscila y Áquila (cf. Hch
18,2-3): matrimonio cristiano del siglo I que acompañó a San Pablo en su
misión. Ejemplo de hospitalidad y comunión en la evangelización.[4]
·
San Valentín de Roma (siglo III):
mártir asociado a la bendición de matrimonios cristianos en tiempos de
persecución.
·
Santa Cecilia y Valeriano:
matrimonio cristiano de los primeros siglos, que vivió la castidad consagrada
al servicio de la Iglesia.
5. Síntesis
En la Iglesia primitiva, el matrimonio fue comprendido como:
·
Una vocación cristiana en
fidelidad a Cristo.
·
Una alianza bendecida por la comunidad
y presidida por el obispo.
·
Una vida de oración, castidad y comunión,
reflejo de la Iglesia doméstica.
·
Un camino de santidad que se
desarrollaba en la vida cotidiana y en la misión.
Fidelidad en el
matrimonio: un recorrido desde el Torá, la Iglesia primitiva y la tradición
católica
Introducción
La fidelidad en el matrimonio ha sido uno de los
pilares fundamentales de la vida conyugal desde la revelación bíblica hasta la
consolidación de la tradición de la Iglesia. Desde el Torá,
pasando por la Iglesia primitiva, hasta la Santa
Iglesia en su magisterio, la fidelidad se entiende no solo como
exclusividad sexual, sino como un pacto de comunión, entrega y unidad
espiritual. Este ensayo propone una reflexión sobre su evolución conceptual y
vivencial, incorporando fuentes bíblicas, patrísticas y magisteriales.
Fidelidad en el
Torá
El Antiguo Testamento establece el matrimonio como alianza
sagrada entre el hombre, la mujer y Dios. En Génesis 2:24, se
expresa: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su
mujer y serán una sola carne” (Biblia de Jerusalén, 1998). La fidelidad,
en este contexto, es reflejo de la fidelidad de Dios a su pueblo (cf. Oseas
2:19-20).
El Torá regula las relaciones conyugales bajo la ley,
prohibiendo el adulterio (Éxodo 20:14), [5]y vinculando la infidelidad
con el quebrantamiento del pacto con Yahvé. Según el Talmud,
el matrimonio (kiddushin) implica santificación y exclusividad (Neusner, 2003).
Fidelidad en la
Iglesia primitiva
Los Padres de la Iglesia comprendieron el matrimonio a la
luz de Cristo y la Iglesia. San Ignacio de Antioquía exhortaba
a que el matrimonio fuera aprobado por el obispo, garantizando su carácter
eclesial (Ign. Pol. 5,1). San Clemente de Alejandría enseñaba
que la fidelidad matrimonial era camino de santificación frente a la lujuria
pagana (Stromata, III,12).
Para San Juan Crisóstomo, la fidelidad es signo del amor
sacrificado de Cristo: “La unión de marido y mujer es imagen de la unión de
Cristo con la Iglesia” (Homilías sobre Efesios, Hom. 20). Así, la
fidelidad no es solo obligación, sino participación en el misterio cristiano.
Fidelidad en la
tradición de la Santa Iglesia
Con el paso del tiempo, la Iglesia consolidó una doctrina sacramental del
matrimonio. El Concilio de Trento (1547) afirmó su carácter
indisoluble y la fidelidad como parte esencial del vínculo. El Catecismo actual
lo confirma: “Los cónyuges están llamados a crecer continuamente en su
fidelidad… este amor exige, por su misma naturaleza, la unidad y la
indisolubilidad de la comunidad conyugal” (Catecismo de la Iglesia
Católica [CIC], n. 1644).
La fidelidad se entiende como don y gracia: no solo obligación jurídica, sino
virtud teologal vivida en la caridad.
Fidelidad como
comunión en la vida y tradición
En la práctica de la vida de los santos, se encuentran
ejemplos de matrimonios que encarnaron esta fidelidad. San Isidro y
Santa María de la Cabeza vivieron en pobreza, oración y mutua
fidelidad, siendo modelo de santidad conyugal.
Asimismo, en el Camino Neocatecumenal, fundado por Kiko
Argüello, se enseña que la fidelidad matrimonial refleja la comunión trinitaria
y se fortalece en la escucha de la Palabra y la participación en la Eucaristía
(Argüello, 2014).
Conclusión
La fidelidad matrimonial, desde el Torá hasta la tradición viva de la
Iglesia, revela una continuidad histórica y teológica. Enraizada en la alianza
divina, asumida por la Iglesia primitiva como signo de santidad frente al mundo
pagano, y elevada por la Santa Iglesia como sacramento indisoluble, sigue
siendo un llamado permanente a la comunión, la exclusividad y la entrega mutua
en el amor.
Referencias
·
Argüello, F. (2014). Anotaciones.
Madrid: Camino Neocatecumenal.
·
Biblia de Jerusalén. (1998). Desclée de Brouwer.
·
Catecismo de la Iglesia Católica. (1992).
Vaticano.
·
Clemente de Alejandría. (2007). Stromata.
BAC.
·
Concilio de Trento. (1547). Decreto sobre el
Sacramento del Matrimonio.
·
Ignacio de Antioquía. (2003). Cartas.
BAC.
·
Juan Crisóstomo. (2008). Homilías sobre la
Carta a los Efesios. Madrid: Ciudad Nueva.
·
Neusner, J. (2003). The Babylonian Talmud: A
Translation and Commentary. Hendrickson Publishers.
Anexo
Ejemplos de costumbres matrimoniales en la Iglesia primitiva:
·
La bendición episcopal en la unión conyugal.
·
Las bodas celebradas en la comunidad litúrgica.
·
La recomendación de monogamia y exclusividad en
contraste con las prácticas paganas.
·
El uso de símbolos bíblicos como el vino y el
pan en el banquete nupcial
La castidad en el
matrimonio según la fe católica
Introducción
En la tradición de la Iglesia, la castidad no se limita a la abstinencia
sexual, sino que es la integración ordenada de la sexualidad en la persona.
Dentro del matrimonio, la castidad es vivida como fidelidad, dominio propio y
apertura al amor verdadero. Según el Catecismo de la Iglesia Católica
(CIC, 2337), la castidad es “la integración lograda de la sexualidad
en la persona y, con ello, la unidad interior del hombre en su ser corporal y
espiritual”.
¿Cuándo se debe
vivir la castidad en el matrimonio?
La Iglesia enseña que la castidad es una virtud permanente y no exclusiva de
los célibes. Para los esposos, la castidad se vive siempre,
porque regula el amor conyugal en todas sus etapas:
·
En la noviazgo y preparación:
como continencia y respeto mutuo.
·
En el matrimonio: como
fidelidad y uso responsable de la sexualidad.
·
En la madurez y ancianidad:
como continencia, ternura y comunión espiritual.
San Pablo recuerda: “El cuerpo no es para la lujuria, sino para el
Señor” (1 Cor 6,13), y exhorta a los esposos a vivir la intimidad con
respeto y consentimiento mutuo (cf. 1 Cor 7,3-5).[6]
¿Por qué vivir la
castidad en el matrimonio?
Existen fundamentos teológicos y antropológicos:
1. Porque
es mandato divino: “No cometerás adulterio” (Ex 20,14) revela la
exclusividad de la unión.
2. Porque
protege la dignidad del amor: el deseo se convierte en entrega
sincera, no en uso del otro.
3. Porque
es signo del amor de Cristo a la Iglesia: el matrimonio es imagen de
esta unión fiel (Ef 5,25-27).
4. Porque
abre al don de la vida: la castidad conyugal integra la dimensión
unitiva y procreativa (Humanae Vitae, n. 12).
Los santos han insistido en ello. San Agustín enseña que el matrimonio tiene
tres bienes: fides, proles, sacramentum (fidelidad, apertura a la vida
y sacramentalidad), donde la castidad es custodia de los tres (Agustín, De
bono coniugali).
¿De qué manera se
debe vivir la castidad en el matrimonio?
El Catecismo (CIC, 2363-2369) establece tres ejes:
1. Fidelidad
mutua: exclusividad en el amor, evitando adulterio, pornografía,
infidelidad afectiva o virtual.
2. Dominio
de sí mismo: capacidad de discernir los tiempos de unión íntima y los
de abstinencia (p. ej. durante enfermedades, preparación espiritual, o métodos
naturales de planificación).
3. Apertura
a la vida: los actos conyugales deben respetar su finalidad
procreadora y unitiva (CIC, 2366).
San Juan Pablo II, en su Teología del Cuerpo, subrayó que la
castidad conyugal transforma el deseo en don: “El hombre y la mujer,
mediante la castidad, se convierten en custodios de la dignidad recíproca en el
amor” (Audiencia General, 1981).
Conclusión
La castidad en el matrimonio es una vocación permanente,
que se vive como expresión de fidelidad, entrega y apertura a la vida. No
significa negación de la intimidad, sino su purificación y elevación al amor
verdadero. De este modo, el matrimonio se convierte en un signo sacramental del
amor eterno de Cristo a la Iglesia.
Referencias
·
Agustín de Hipona. (2008). De bono coniugali.
Madrid: BAC.
·
Biblia de Jerusalén. (1998). Desclée de Brouwer.
·
Catecismo de la Iglesia Católica. (1992).
Vaticano.
·
Juan Pablo II. (1981). Audiencias Generales
sobre la Teología del Cuerpo. Ciudad del Vaticano.
·
Pablo VI. (1968). Humanae Vitae.
Vaticano.
Santos esposos y
patronos del matrimonio
1. San
Joaquín y Santa Ana – Padres de la Virgen María, modelo de fidelidad y
piedad en el hogar.
2. San
José y la Virgen María – Aunque vivieron la castidad perfecta, son
modelo de entrega, fidelidad y comunión espiritual.
3. San
Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza – Matrimonio humilde y
santo en la vida campesina.
4. San
Aquila y Santa Priscila – Matrimonio cristiano que colaboró con San
Pablo en la misión (Hechos 18, 2-3).
5. San
Valentín – Protector de los esposos y enamorados.
6. San
Enrique y Santa Cunegunda – Reyes de Alemania, vivieron un matrimonio
santo en la castidad mutua.
7. San
Luis IX de Francia y Santa Margarita de Provenza – Matrimonio de
reyes, modelo de piedad y servicio.
8. San
Gregorio de Nacianzo el Viejo y Santa Nona – Padres de San Gregorio
Nacianceno, testimonio de fe y familia.
9. San
Basilio el Viejo y Santa Emelia – Padres de grandes santos (Basilio
Magno, Gregorio de Nisa, Macrina la Joven).
10. Beatos
Luis Martin y Celia Guérin – Padres de Santa Teresita de Lisieux,
canonizados como matrimonio santo en 2015.
11. San
Adrián y Santa Natalia de Nicomedia – Mártir y esposa fiel, ejemplo de
amor hasta el sacrificio.
12. San
Vicente y Santa Valeria – Matrimonio romano que sufrió martirio por la
fe.
13. San
Julián y Santa Basilisa – Matrimonio consagrado al servicio de los
pobres y hospitalidad.
14. San
Flaviano y Santa Dafrosa – Matrimonio de los primeros siglos, padres
de las mártires Bibiana y Demetria.
15. San
Felipe Neri y Santa Juana Francesa de Chantal – Aunque no fueron
esposos entre sí, promovieron la santidad en la vida conyugal a través de la
dirección espiritual.
Santos
individuales protectores del matrimonio
·
San Raimundo de Peñafort –
Defensor del sacramento del matrimonio en la tradición canónica.
·
San Juan Pablo II – Con su Teología
del Cuerpo, iluminó el sentido de la fidelidad y la castidad matrimonial.
·
San Agustín de Hipona – Enseñó
los tres bienes del matrimonio: fidelidad, prole y sacramento (De bono
coniugali).
·
San Juan Crisóstomo – Gran defensor
del amor conyugal como imagen del amor de Cristo.
[1] Gn 2,24;
El matrimonio se concibe como alianza divina, Mt 19 5p; Ef 5 31; 1Cor 6 16; La
fidelidad alianza de Dios con Israel, “La fidelidad sacramental en el
matrimonio no es solo compromiso humano, sino gracia divina: los esposos
participan del amor indisoluble de Cristo y la Iglesia, llamados a permanecer
unidos en exclusividad, entrega y comunión hasta la eternidad.”, Os 2 22, te desposare en fidelidad, y
tu conocerás a Yahvé, el conocimiento de Yahvé,
acompaña a (hesed), , es decir, el don del alma aquí v v. 21 22 y 4 2¸6
6 No se trata pues , de un simple conocimiento
intelectual. , así como Dios se
da a conocer al hombre ligándose a el
por una alianza manifestándose su amor (hesed), con su beneficios, así también
el hombre conoce a Dios por una actitud que implica la fidelidad de su alianza,
el reconocimiento de sus beneficios, el amor. En esta misma línea, y dado el
amplio y característico empleo de esta noción
por Oseas, (no menos de 20 veces)9, quizás no deba descartarse el
sentido técnico de “conocimiento sexual,
, ver Genesis 4, 1, etc., tomando aquí metafóricamente –lo mismo que el
matrimonio –par expresar la posesión vital. Asi como la nocion negativa –no
concoer a Yahve, va casi siempre e Oseas, unida a la prostitución o adulterio,
es decir la ruptura del matrimonio, ver 2 9-10;4 1- 2¸5 4, asi en 2 22 el
conocimiento es la rúbrica del desposorio tres veces repetido y debe ser; sin duda, respuesta al
conocimiento previo por parte de Dios, 13
5 ¸ver 2 16que tendrán por tanto, sentido mucho más, hondo que el de elegir
(como en Am 3 2+etc.) Así pues en
Oseas el “conocimiento precisaría la noción m genérica de su paralelo hesed, 2 21
acotándole dentro de este ámbito conyugal en torno al cual gira todo el libro –como el
amor y fidelidad absoluta de un
matrimonio y alianza que será ya único y definitivo porque habrá logrado ese conocimiento
íntimo de total entrega y posesión reciprocas –sobre otra
concepciones.
[2] Mt 19 6; De manera que no son
dos, sino una sola carne; Dt 24 1;
Si un hombre toma una mujer que se case, y resulta que esta mujer no le acaba
de caerle bien, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá una
acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa; Mt 19 7-9.
[3] Ef 5 25; Col 3 19; 1p 3 7; Ef 5 2; Tt 2 14; 3 5-7; Rm 6 4 +, Ez 19 16 9; Col 1 22; 2 Cor 11 2;
Ap 19 7-8; 21 2.9-11. El que ama a su mujer se ama a
sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; antes bien, la aliemnta
y la cuida con cariño, , lo mismo que cristo amo la iglesia; 1 Co 2 12+; Gn 2 24, Mt 19 5p; 1 Cor 6 16;
Rm 16 25+.
[4] Hch 18,2-3; Hch 20 33 35; 1 co 4 12; 13 5+; 17 15; 1
Ts 3 5-7; 13 51+; Mt 27 24-25; Hch 20
26; 13 5+; 46-47; 28 8, 10 2+; 1 co 1 14, Hch 23 11; Jn 10 16. Pablo permaneció allí un año y seis meses, enseñando entre ellos la
palabra de Dios.
[5]
Ex 2 14; En el
decálogo del Éxodo, con Moisés en las tablas de la ley, nos señala en sus diez mandamientos “no
cometerás adulterio”, St 2 11; Pues el que dijo: no adulteres, dio también no
mates sino adulteras, dijo también no mates. Si no adulteras, pero matas, eres
transgresor de la ley, hablad y obrad
tal como corresponde a los que
han de ser juzgados
por la ley que nos hace libres. Rm 2 12;
6 15 +; Mt 6 14-15; 18,35; ; Lc 6 36 s;
1 Jn 4 18. No cabe temor en el amor¸ antes bien, el amor pleno expulsa el
temor, porque el amor, porque el amor entraña
castigo así que quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor.
Nosotros amamos porque él nos amó primero,4
9-10; si alguno dice yo amo a Dios y
a la vez odia a su hermano es un mentiroso¸ pues quien no ama a su hermano a
quien lo ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. 1p 7-9.
[6] 1 co 6 13; También suele decirse: La
comida es para el vientre y el vientre para la comida. Pero Dios acabara lo uno
con lo otro. Además el cuerpo no es para la fornicación. Sino para el señor, y
el señor es para el cuerpo, col 2 22; 10
31; 15 12 s; 1 co 12 12+; gen 2 24;
Rm 8 9-10; mas nosotros no vivís
según la carne, 1 Jn 2 15-16; 7 5-6;
sino según el espíritu, ya que el
espíritu de Dios habita en vosotros
aunque el cuerpo este ya muerto a causa del pecado, Jn 3 5-6; 1 co 3 23+; 1 4+; el
espíritu es vida a causa de la justicia que habéis recibido. 5 12+; Y si el espíritu de aquel que
resucito a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su espíritu
que habita en vosotros, 6 4+; 8 11+.
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